Revista Primer Acto

Sobre «Nínive», de Guada Saéz

por Beatrice Bergamín

 

He encendido la chimenea y he puesto música para escribir esta nota, texto, carta, reflexión breve sobre el texto de Guadalupe Sáez Moreno que ha ganado la XIV edición del Premio de textos teatrales Jesús Domínguez convocado por la Diputación de Huelva y que publica Primer Acto.

No escucho cualquier música, suena Franco Battiato. Adoro a Battiato, así que me alegro infinitamente de que también le guste Battiato a Guadalupe, me alegro de la coincidencia y de escucharlo ahora porque hace tiempo que no me rondaba, y ha sido ella, la autora, no yo, quien lo ha invocado.

Nínive es un texto que he leído antes que vosotros y varias veces, porque he sido jurado del Premio Jesús Domínguez, junto a Néstor Villazón y a Jana Pacheco. No voy a hablar ahora de lo que implica, significa o supone, ser jurado de un premio de dramaturgia, os lo ahorro y sobre todo me lo ahorro a mí misma, pero sí puedo resumir en solo dos palabras la experiencia: estupenda y provocadora.

Bailemos pues.

Nínive habla de un abuelo y de varios naufragios; de un abuelo que se salva y de una escritora que escribe desde sí misma sobre su abuelo para rescatarlo del olvido y para salvarse a sí misma del naufragio y también para enseñarle a su hijo de cinco años que no siempre es necesario, y mucho menos obligatorio, salvarse.

Es un texto precioso, claro y clarificador, un texto limpio que no es, en absoluto, blanco, porque está manchado todo el rato y todo el tiempo de frases que lo aristan, que lo rompen y lo manchan de tierra y sal marina, que lo construyen y deconstruyen atravesándolo de verdad poética –la única verdad teatral, en mi opinión–, y de recuerdos luminosamente presentes, aunque tengan su origen en nuestra historia pasada y reciente.

Hay en él una pureza, profundamente honesta, que pudiera parecer incluso ingenua por la sencillez del trazo, por la mirada abierta que lo escribe y lo contempla, y se aleja y se acerca, una pureza que entraña dolor y valentía, al mostrar crudamente, sin embalajes ni sentimentalismos, un suceso concreto que marca la vida de una familia entera, y que forma parte de una guerra, la guerra civil española, recientísima guerra que marca la historia de aquella y de esta España presente, cargada de un pasado que todavía algunos se empeñar en ahogar, en borrar o en emborronar.

Nínive rescata del olvido y del naufragio un pedacito de nuestra memoria histórica, y lo hace claramente desde el aquí y el ahora, en el hoy mismo y autoficcionado de su autora, que escribe y busca y también sueña con otro mañana, sentada en una mesa, frente a un ordenador, observada por su gato, una escritora que busca datos y fotos, y las interviene, las incluye en el texto, las revisita y reinventa y las entrega como muestra o recuerdo vivo de aquello que pasó, que nos pasó juntos, y fue tan verdad como los muertos verdaderos que tenemos muchos en nuestras familias y de los que, a unos más y a otros menos, nos cuesta todavía dar espacio y voz, y tranquila sepultura.

Las coordenadas de localización –longitud y latitud– que encabezan cada una de las escenas de Nínive, recolocan el pasado y el presente en un espacio único y unido, un espacio físico y temporal contemporáneo, un espacio de encuentro, un mapa que viaja, dibujado y escrito dentro de un otro y de un yo reconciliados; un yo femenino y fuerte que se abre a la fragilidad del otro, que se deja llevar, se aleja del presente sabiendo que lo importante de irse es poder volver, un yo que aprende a nadar en mar abierto y que para no perderse al otro, para seguir mirándolo aunque esté lejos en el horizonte, se aferra a la tabla de un recuerdo y se suelta de la tabla o se aferra de nuevo, y así muchas veces, con miedo, sí, pero con esperanza.

Nínive huele a mar y huele a sangre, huele a café caliente, a natillas recién hechas, huele a niño de cinco años y a tarde afrancesada de verano en una playa, huele a necesito contar esto porque esto también huele a mí, y a pelotón de fusilamiento y a campo de refugiados. Huele a vida salvada. Huele a tripa abierta de ballena.

Cada frase, cada palabra, es elegida con delicadeza, con la ternura sencilla que construye ese ritmo interno y esa cadencia total que envuelve el texto y le da personalidad propia y movimiento de ola.

Hay una belleza líquida en este texto que me emociona, hay decisiones concretas, hay contundencia y riesgo, hay apuesta. Hay un mundo propio, pequeño y vulnerable, que traspasa, trasciende y se hace grande, que me recuerda al mío, a mi abuelo republicano que embarcó hacia el exilio como muchos padres y madres o abuelos y abuelas de tantos y de tantas que no hemos borrado sus huellas de la arena ni vamos a permitir que nada ni nadie las borre, ni que su cuerpo / recuerdo se lo coman los peces.

Creo que, unas de las cosas más valiosas y hermosas de este texto de Guadalupe es su reflexión sobre el fracaso, sobre nuestra capacidad o incapacidad de nadar, de mantenernos a flote, de sobrevivir y no repetir los mismos errores del pasado que ya cometieron nuestros padres, abuelos, o nuestras patrias.

Y hay preguntas que lo penetran al tiempo que lo sobrevuelan, que se cuelan por dentro de las palabras como esquirlas y dentro de nuestra piel, como metralla.

Preguntas. Sobre la muerte o el miedo a la muerte, y la soledad.

Y sobre resistir o rendirse.

Y sobre la valentía de rendirse que casi nadie nos enseña…

También hay, en Nínive, un suave y sutil sentido del humor, ligero como un pájaro, que ilumina con cierta alegría melancólica algunos pasajes, y que me reconforta.

Hay una dramaturga que baila.

Hay una autora que abraza.

Hay una canción de Battiato que suena ahora en mi casa.

Hay una escritora sensible que dice: dame la mano. Y salta. Y salto.

Gracias, Guadalupe, aquí estás, voglio vederti danzare. Escribe.