Revista Primer Acto

Teresa Calo: Una ventana en un zulo

Si miro hacia atrás a mis primeros pasos en el teatro, no puedo evitar preguntarme cómo lo conseguimos. Un modesto grupo aficionado en Donostia. Estábamos lejos de todo. Hasta Francia, aquel paraíso de democracia geográficamente tan cercano, se alejaba mediante una cadena de obstáculos burocráticos que comenzaba, para las mujeres, en la obligación de realizar el servicio social y de obtener el permiso paterno para conseguir un pasaporte.

Estábamos lejos hasta de la luz. Aquel local en el que inicié a principios de los setenta mi andadura teatral no tenía ni ventanas. Orain tenía cedido un espacio en el edificio de arbitrios municipales que colindaba por un lado con el mercado de frutas y por el otro con el Hospital Militar. El pasillo por el que se accedía a aquel enorme zulo daba a una hermosa terraza a la que teníamos prohibido asomarnos por razones obvias.

En aquel mundo oscuro, aislado, metáfora quizás de lo que vivíamos en nuestro intento de hacer teatro, el Primer Acto –que nos lanzaba con un gesto significativo de “a ver si os enteráis de algo” nuestra directora e introductora en el mundo de la escena, Maribel Belastegi– era esa ventana de la que carecíamos.

Inevitablemente mis primeros recuerdos de la revista –que acababa siempre manoseada para desesperación de su dueña– están íntimamente relacionados con esos primeros pasos y con los años que precedieron al final de la dictadura. El día que llegaba el Primer Acto los ejercicios preparatorios, improvisaciones o ensayos, según se terciara, empezaban más tarde.

Ha llovido mucho...

Aparte de Maribel, que era la mayor –qué risa, treinta y pocos–, y venía de otras formaciones teatrales y conocía lo que se hacía en otros lugares, los que nos habíamos acercado allí para hacer teatro rondábamos la veintena y no teníamos más referencia que el Estudio 1.

Repaso ahora la lista de funciones publicada por la revista y me pregunto cuántos de esos autores –hoy consagrados– habrían visto la luz sin su existencia. O, por lo menos, cuánto tiempo más habríamos tardado en conocerlos.

De ahí sacamos las Siete Meditaciones sobre el sadomasoquismo político, que tuvimos la osadía de adaptar –se incluyeron textos de Eva Forest sobre la tortura– y representar jugándonos el tipo, ya que jamás obtuvimos el permiso de representación. Qué tiempos.

En aquellas páginas descubrimos la actividad de otras compañías y comenzamos a organizar excursiones para ver sus montajes. Había otro teatro, y lo que comenzó siendo una afición se convirtió, para algunos de nosotros, en una pasión.

Ha llovido mucho –sobre todo aquí– desde entonces. Se han abierto ventanas, ha entrado el aire, la luz. Elementos que no se valoran cuando están ahí. Pero el aire se vicia si no se respira bien. Y las ventanas, si no se abren de par en par, se convierten en meros objetos decorativos.

Primer Acto sigue renovando ese aire, incansablemente. Consciente de que no todo está hecho, de que la libertad es algo más que poder votar, de que la justicia no es sólo competencia de los que la imparten, sigue publicando lo que otros no publicarían. Gracias por la luz y por el aire. Y zorionak en este aniversario.

Muchas veces he colaborado con esta revista, pero con tan sólo 19 años, y siendo sólo un alumno de la RESAD, fui admitido a formar parte de su Consejo de Redacción. En aquel año me presentó al Consejo uno de sus colaboradores, que luego dirigiría otro proyecto editorial muy importante, Moisés Pérez Coterillo, junto al que entonces ejercía de director periodista Santiago de las Heras (otra extraordinaria persona, por desgracia y al igual que Moisés, desaparecidos ambos en plena madurez de sus discursos creativos). Pero era, sin duda, Monleón quien ejercía de gran patriarca y coordinador del proyecto, en las reuniones a las que nos convocaba en el desparecido y entrañable Café Lyon, lugar fantástico para debatir, reflexionar, conversar y conspirar. En aquellas reuniones, a las que yo asistía incrédulo por haber sido admitido y en las que se me encomendaron además, tareas para ejercer de crítico (mejor no leer demasiado aquellos materiales juveniles), acudían personalidades de la talla de Paco Nieva, Ricardo Doménech, Ángel Fernández Santos, además de los ya mencionados. ¡Qué placer recordar aquellos encuentros! ¡Cuánto aprendí en aquellas tertulias! ¿Por qué ha desaparecido esa costumbre entre las gentes del teatro? Hoy todo es atropellado, e incluso algunas reuniones de Consejo de Redacción en alguna revista en las que suelo colaborar, me parecen ya algo más cercano a un Consejo de Administración de una tópica empresa, que a un auténtico proyecto cultural y, por tanto, cargado de polémica, debate, cuestionamiento y dialéctica.

De cualquier manera, y más allá de mi relación directa con la escritura en la revista, dos son los factores fundamentales para agradecer a Primer Acto: su existencia y su perseverancia. Por un lado el haberme permitido conocer a tantos y tantos creadores y movimientos del hecho teatral desde que empecé a leerla y coleccionarla a principios de los setenta. En ese momento no se contaba con las autopistas de la información que hoy existen, y por eso solo podíamos conocer la actividad de los creadores o bien con la presencia directa en sus espectáculos (algo imposible en aquella época, ya que en el interior no se daban las posibilidades políticas y para salir al exterior no se daban las condiciones económicas), o bien leyendo entrevistas, reportajes o artículos de esos protagonistas, editados en las páginas de la revista. Por eso mi memoria emotiva teatral debe tanto a una publicación que me enseñó a soñar con Bertolt Brecht, Meyerhold, Grotowsky, el Living Theatre, Peter Brook, el teatro radical americano, los movimientos latinoamericanos, el Piccolo de Milán, Peter Stein, Ronconi, Grüber, o, incluso el teatro independiente español, a través de esas referencias literarias o las fotos aparecidas en la publicación. Tampoco puedo olvidar la cantidad de textos dramáticos que he tenido el placer de descubrir, en esa línea de valentía editorial para publicar materiales que jamás se atreverían las empresas al uso.

Por el otro lado, la atención que siempre he prestado a los análisis o críticas que mis actividades como director de escena, actor o gestor, desde las giras de Tábano, los múltiples espectáculos presentados en la Sala Olimpia, sede del CNNTE o en las crónicas sobre la Muestra de Autores de Alicante, ha ido sacando periódicamente la revista. Estas referencias han sido siempre para mí un motivo para no quedarme quieto, evolucionar y, de paso, reivindicar el pensamiento como motor fundamental de cualquier actividad escénica.

* Teresa Calo es actriz y autora. Ha obtenido el Premio de Teatro Ciudad de San Sebastián con su obra El día en que inventé tu nombre. Ediciones El Teatro de Papel, nº 5, julio de 2007.