Preguntas. José Monleón (primera parte)

EDITORIAL de la revista PRIMER ACTO 344
Preguntas, por José Monleón

- Primera Parte -

El nuevo Papa apela a la pobreza y al rescate del pensamiento de Jesús para liberar a la iglesia de la estricta condición de una ONG. Su origen latinoamericano lleva a muchos a recordar la teología de la liberación, mientras desde la sociedad civil resuenan las últimas palabras del recientemente fallecido Stéphane Hessel, el profeta mundial de los “indignados” -codificados entre nosotros con la fecha de su masiva concentración en la Puerta del Sol el 15 de Mayo- afirmando la necesidad de “moralizar la vida pública española”. Mientras, paralelamente, la crónica oficial de cada día nos hablaba del Gürtel, los ERES andaluces, de las cuentas sumergidas del PP, del timo de las preferentes y de la frondosa corrupción en la base y en las cúspides de buena parte de nuestra estructura política. Diariamente, la televisión nos mostraba el rostro de la creciente España “excluida”, volcada en las manifestaciones, sin puestos de trabajo, con familias entregadas a la búsqueda del cobijo y la comida. Ciudadanos sin ciudadanía, para los que la palabra política, es un juego en el que no cuentan para nada o solo tienen el papel ocasional que les reservan algunas manifestaciones de protesta, incluidas los escraches, comparados, por ilustres representantes del poder, con actos puramente nazis o con el terrorismo etarra. Lo que no sé es si quienes han sostenido estas posiciones han oído hablar del holocausto, si saben que el nazismo, entre otras cosas, mató a 6.000.000 de judíos o si han hablado alguna vez con las Asociaciones españolas de víctimas del terrorismo. Menos mal que el Fiscal General y el Constitucional lo sabían y consideraron que el “Sí se puede” de los manifestantes contra determinados políticos debían examinarse caso por caso para ver si se excedían o no del derecho a la protesta.

¿Qué vida ofrece nuestra sociedad a esos ciudadanos excluidos?, ¿cuál ha de ser el papel de los que han sorteado la exclusión y afrontan modestamente la dureza de los tiempos? Muchos hay -y ese es el mayor valor político y moral de nuestra sociedad civil- que se manifiestan en favor de los desahuciados, generalmente sin trabajo, y, durante meses, han formado los piquetes contra la Ley Hipotecaria española, germen de estafas, suicidios y muertes que borra la miseria. ¿Por qué esa ley definida como española no podíamos cambiarla los españoles? ¡Y qué sorpresa fue para las víctimas el que un Tribunal de Luxemburgo, al que nunca habíamos votado, nos dijera que en el derecho europeo los jueces estaban por encima de los banqueros y que la letra pequeña de nuestras hipotecas era una artimaña que podía ser invalidada! Es decir, que tampoco éramos europeos y que el problema no estaba en que Ángela Merkel fuera un diablo dictador, sino en que sabíamos poco, y muchos nada, de lo que ocurría en el Continente salvo los tradicionales informes oficiales sobre nuestras victoriosas intervenciones en las reuniones de la Unión.

Si Jesucristo hubiera sido un capitalista imputado, o hubiéramos elegido un banco para que nos gobernara no habría nada que objetar a la situación y la protesta de los desahuciados sería una extravagancia. ¿Y qué pensar de las palabras del Papa Francisco cuando decía que el mundo subsistía porque Dios no paraba de perdonar a los humanos y luego veíamos en la televisión a las víctimas de tanto dolor y tanta muerte perfectamente encajadas en el desorden oficial de cada día? ¿Quiénes pedían perdón a Dios? Porque mal podrían pedirlo las víctimas y sería patético que lo pidieran los responsables. Si en las elecciones democráticas todos los partidos no prometieran el bien y la justicia, el hecho de que estuviéramos mal, hubiera más de seis millones de parados y Luis Bárcenas fuera poco menos que un héroe nacional, con las televisiones pendientes de sus andanzas en los tribunales, no sería un contrasentido. Como tampoco lo sería si aceptáramos que todos los partidos mienten a sabiendas, porque su objetivo es conseguir votos independientemente de lo que luego pueda suceder. Y no creo que, por mi parte, esto sea una salida de tono, si no constatar que la España de hoy está avalada por un triunfo electoral absolutamente mayoritario.

Esto no significa, por supuesto, una acusación generalizada contra los políticos de ningún partido. Muchos, sin duda, se han dedicado a la política interesados en la construcción de un orden justo, que asegure el cumplimiento de los derechos sociales tan duramente conseguidos. La nueva pregunta que surge es inmediata: ¿por qué, en un régimen democrático, cuando un programa político alcanza la mayoría absoluta, no satisface a buena parte de sus electores? Y si inciden nuevas circunstancias, ¿por qué los gobernantes no lo justifican y explican su previo desconocimiento? Y ya hemos dicho que rechazamos cualquier generalización y que la contradicción no debe explicarse, como hacen muchos líderes, con una invocación automática a la “mala fe” de sus adversarios. Aunque también debamos preguntarnos ¿por qué un partido cuando descubre que su política erosiona a quienes le votaron, no cambia cuanto sea posible y necesario para ser fiel a sus principios y a sus promesas?

En España, Mariano Rajoy declaró solemnemente en el Congreso que en la solución de la crisis económica “debemos participar todos los españoles y todos los partidos”. Tenía razón. Pero el clima de “pacto posible” entreverado con las descalificaciones extremas, ha sido otra de las características del periodo. Aunque quizá, entre nosotros, el primer punto está en saber si la mayoría de nuestros políticos creen seriamente en los valores de la democracia, en si estamos dispuestos, dentro de las lógicas discrepancias, a sentirnos parte de una tarea común, sin disolver el paro, los desahucios, la corrupción y la pobreza en un discurso anecdótico, instrumentalizado por los intereses del partido que lo formula.

El problema de las democracias contemporáneas es, con el incremento de los medios de información, más grave y complejo que nunca. Los humanos tienen una experiencia personal limitada y su información sobre el mundo está condicionada por lo que esos medios le cuentan. Un reportaje o un discurso, recto o torcido, pueden orientar la inclinación política de muchas personas, por lo que, obviamente, las relaciones entre el poder y la sociedad están sujetas -como enseñan las campañas de publicidad comercial- a una calculada ponderación de las virtudes teóricas del producto. Crece el sentimiento de que el político es el que “sabe vender y venderse” dejando a un lado la verdad, asumida como el lenguaje de los inocentes.

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Primer Acto

Primer Acto. 358
Primer Acto. 358

Textos Teatrales

  • Itsi Bitsi”, Iben Nagel Ramussen (Odin Teatret). Primer Acto, 346 (enero-junio 2014): 102-109
  • “La selva es joven y está llena de vida”, Rodrigo García. Primer Acto, 346 (enero-junio 2014): 174-193
  • “Linfojobs”, María Velasco. Primer Acto, 347 (julio-diciembre 2014): 47-54
  • “La araña del cerebro”, Nieves Rodríguez Rodríguez. V Premio Jesús Domínguez. Primer Acto, 347 (julio-diciembre 2014): 116-153
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